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Concepto de Alimentación

Alimentación y Salud

Más allá de llenar una necesidad instintiva, disponemos de la valiosa posibilidad de ejercer nuestra decisión y razonamiento, a través de la alimentación. Con cada bocado, estamos definiendo la calidad y proporciones de los materiales elegidos para construirnos a nosotros mismos.

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Lo anterior, debido a que la alimentación debe considerarse como un acto de comunión entre el ser humano y su entorno. Es el evento mediante el cual, una porción del medio ambiente ingresa en nuestro cuerpo y se convierte en nosotros también.

Además, son alimentos la radiación solar y cósmica, el aire que respiramos y el magnetismo lunar; elementos que, permanentemente, ingresan en nuestros cuerpos. No obstante, la comida es la porción más determinante y manejable en la construcción diaria de nuestra existencia; es crucial en nuestro desarrollo y condición de salud.

Ahora bien, para plantear un concepto adecuado de alimentación, debemos primero considerar los enormes cambios que han ocurrido al respecto, desde comienzos del siglo XX. Con los avances en tecnología e industrialización, se lograron mitigar variados problemas de saneamiento, asimismo, se introdujeron métodos de comunicación y transporte impensables para la humanidad de aquel entonces. Se descubrieron maneras eficientes de combatir infecciones letales, así como mecanismos de intervención quirúrgica cada vez más sofisticados.  

Por un lado, en este ámbito se ganaron grandes batallas y se logró aumentar el promedio de vida del ser humano. No en cuanto a la longevidad, pues los antiguos ancianos vivían más años, sino en el punto de que más gente pudiera llegar a la vejez. En esta ecuación, ha jugado un papel estadísticamente determinante, la reducción de la mortalidad infantil principalmente durante el parto, junto con la protección de la vida de las madres en el alumbramiento, gracias a la tecnología moderna.

Si bien se lograron grandes avances en los temas mencionados, surge una realidad antes inexistente, una nueva amenaza sobre la salud humana, traducida en un aumento descontrolado de las enfermedades degenerativas crónicas: problemas cardiovasculares, diabetes, cáncer, Alzheimer, sida, trastornos psicológicos, entre otras. La estadística muestra evidencias contundentes de esta realidad.

Estos males y enfermedades de la modernidad, están profundamente relacionados con el deterioro de la calidad de vida y sus nuevos tipos de contaminación; la alimentación es una de las causas, así como una serie de sustancias industriales, que comenzaron a entrar en contacto con el ser humano y lo han afectado en ese sentido.

La vertiginosa tecnología actual, pone a nuestro alcance cierta capacidad para hacer modificaciones en los alimentos e ingredientes tradicionales. Estos cambios benefician, en materia económica, a los diferentes agentes encargados de la cadena de producción y abastecimiento, pero no a quienes consumen dichos productos.

Las industrias alimentarias no deberían soslayar la importancia de su oferta y priorizar en las verdaderas necesidades de sus consumidores, pasando a un segundo plano, cualquier otra conveniencia de tipo mercadológico o empresarial.                                   

Esto quiere decir, que es más relevante la vitalidad y frescura de un alimento, que los mecanismos para prolongar su vida de anaquel. Se debería valorar su balance integral primigenio en cuanto a sus nutrientes y, a su vez, su historia milenaria junto a la raza humana, la cual se ha adaptado, biológicamente, para acceder a su consumo.

Esta larga adaptación e interacción biológica, no debe obviarse. Nuestra especie, de la noche a la mañana, no puede suplantar o modificar de forma radical, los alimentos que siempre nos han acompañado, ni cambiarlos por otros de estructuras y cualidades diferentes; y mucho menos, se pueden de aceptar tales variaciones, cuando estas responden a meras conveniencias industriales o comerciales.

Con base en los principios anteriores, debemos reformular los conceptos de calidad, bajo el valor de la honestidad. Lo sano, lo nutritivo y lo delicioso, se deben unir de manera consciente.

 

 

PRESERVANTES, COLORANTES Y SABORIZANTES

 

Los preservantes químicos representan un enorme aporte de ganancias a la economía de las industrias y cadenas de distribución modernas. Se trata de diferentes sustancias que actúan sobre los componentes vitales de los alimentos,  como un veneno latente que no permite la degradación de un producto determinado, en un período natural. Al usarlos, la importancia de la frescura pasa a un segundo plano, pues se logra, de manera artificial, añadiendo una falsa y prolongada vida a dichos alimentos.      

Esto facilita la automatización, pues permite elaborar y almacenar volúmenes más grandes de una sola vez, con lo que se reducen, notablemente los costos de producción, logística y frecuencia de traslados, entre otros.

Lamentablemente, estas ventajas comerciales se vuelven en contra del consumidor, ya que el ser humano contiene, a lo largo de su tubo digestivo, infinidad de microorganismos indispensables para su correcto funcionamiento: digestión, asimilación y eliminación de los residuos alimenticios.  Esto determina la vitalidad y la buena salud en general. Cuando estas sustancias químicas entran en el cuerpo, no discriminan a estos organismos vivientes, sino que los afectan en mayor o menor grado. Además, estos químicos pasan, en diferente medida, al torrente sanguíneo y se esparcen por todo el cuerpo.

La elaboración y distribución de un producto alimenticio, es posible sin estas sustancias químicas. Debe otorgársele la debida importancia a este aspecto y resignar un poco de ganancias, adecuando los procedimientos.

 En cuanto al uso de los colorantes y otros aditivos químicos, es notorio que este se viene incrementado en la industria alimentaria moderna. En la actualidad se sabe que el costo de producir alimentos naturales, principalmente si se utilizan materias primas orgánicas, es más elevado, en comparación con los de aquellos elaborados con aditivos sintéticos que son muy baratos.

Además, estos últimos permiten que un producto pueda permanecer meses y hasta años en la góndola de un supermercado, sin que sus cualidades de olor, color y sabor cambien; aspecto sumamente conveniente y lucrativo para las industrias alimentarias. 

Con el fin de disimular este tipo de prácticas, es común observar listas de ingredientes que mezclan colorantes y saborizantes artificiales, con otros de origen natural. Esta situación genera una distorsión provechosa para las empresas, que en nada beneficia al consumidor. Menos aun, cuando se declaran como sabores naturales materiales artificiales ofrecidos por laboratorios especializados, bajo la designación de natural idéntico, cuando en realidad se trata de sofisticadas copias sintéticas, que imitan la estructura molecular de los naturales, pero con un costo muy inferior.

Los alimentos realmente naturales en cambio, presentan fechas de vencimiento muy cortas, con el fin de asegurar su correcta frescura. Además, para su elaboración, deben mantenerse una serie de cuidados productivos y de logística, para asegurar un alimento competitivo y de gran calidad.

En BioLand, promovemos la idea de que para garantizar el mejor sabor, se requieren  ingredientes reales originados en la tierra y en su forma más pura. Estos productos son asimilados, de manera ideal por nuestro organismo, otorgándole una mejor condición de resistencia y salud.

Los ingredientes naturales son los únicos confiables y armónicos, constituyendo los legítimos materiales de construcción para edificar nuestro cuerpo y nuestra mente.

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ORGÁNICO

 

El proceso de cultivo orgánico difiere mucho del convencional moderno. En este, no se utilizan pesticidas, herbicidas ni fertilizantes químicos, y como resultado, surge un alimento nutritivo y libre de sustancias tóxicas.  

El sabor, olor y color natural de los alimentos orgánicos, conllevan a una realidad ancestral de máxima afinidad con nuestros sentidos y organismo.  Además, la agricultura orgánica es de gran beneficio para el ambiente, lo que evita que los suelos se deterioren, los ríos y mares se contaminen y la vida silvestre circundante se destruya.

Asimismo, los cultivos orgánicos promueven el trabajo humano, generan ocupación laboral y contribuyen con la economía de regiones alejadas, o con menor acceso a fuentes de empleo.

La regla básica de la producción orgánica, es el uso de insumos exclusivamente naturales y sin modificaciones genéticas; así se preserva la biodiversidad y se evita una posible desaparición de ciertas variedades de alimentos ancestrales de altísimo valor.

Es necesario expresar que los productos orgánicos representan la única alternativa de consumo responsable y sostenible, pues garantizan un beneficio real para el ser humano y el planeta.

 

 

CEREALES INTEGRALES

 

Cuando el ser humano aprendió el oficio de la agricultura, encontró un alimento ideal para mantenerse nutrido y con energía: el grano de cereal. El mismo aportaba suficientes nutrientes; razón por la cual el hombre, que hasta ese entonces era básicamente cazador y recolector, se convirtió en un agricultor creador de asentamientos, que eventualmente se transformaron en comunidades. En eso radicó la importancia de los cereales para el desarrollo social de nuestros ancestros: los granos crecían más rápidamente y eran más fáciles de digerir. De hecho, no se conoce de ningún otro alimento cultivable que aporte con el mismo trabajo y espacio, una gama tan completa y apropiada de proteínas, hidratos de carbono, vitaminas, minerales y fibra.

Toda sociedad humana organizada y con un cierto grado de desarrollo intelectual, ha poseído como común denominador ancestral, una dieta basada en uno o varios cereales integrales.

Al desarrollarse las grandes civilizaciones antiguas, los cereales continuaron siendo la columna vertebral de la alimentación humana.

Por ejemplo, en la antigua Grecia, el 80% del aporte energético total de la dieta provenía de ellos. De hecho, su símbolo alimenticio era el trigo, igual que el de los romanos.

Por otro lado, en el norte de Europa, la avena integral era el alimento central de grandes poblaciones; mientras en Egipto, igualmente, se tenían como base alimentaria la cebada y el trigo; en Oriente, el arroz. En América, los mayas e incas cultivaban lo que llamaban los cuatro granos básicos: maíz, quinoa, chía y amaranto, los cuales se consideraban sagrados.  

Estos granos se consumían íntegros, molidos o no, y eran cocidos de diferentes maneras. Un grano se considera integral cuando no ha sido despojado de ninguna de sus partes vitales, manteniéndose nutritivo y con toda su fibra natural.

Es por eso que, volver a lo integral, es reencontrarnos con las raíces auténticas de nuestra alimentación y evolución.

Las tres partes del grano

El salvado es la parte exterior del grano; este se  conforma de  varias capas y protege al germen y al endospermo de los elementos naturales como el agua o el sol. En sí, el salvado posee un elevado contenido de fibra, acompañado de minerales como el hierro, zinc, entre otros.

El germen es la capa más profunda.  Se le considera el embrión del cual crecerá una nueva planta. Esta es la parte del grano más rica en proteína, minerales, Vitaminas B y E, antioxidantes y grasas no saturadas.

Por su parte, el endospermo es la capa ubicada entre el salvado y el germen, es la porción que aporta  más energía de todo el grano. Contiene almidones y carbohidratos, a la vez que posee pequeñas cantidades de proteínas, minerales y vitaminas.                 

Integral vs. refinado

Desde hace aproximadamente un siglo, comenzaron a alterarse los granos de cereal naturales e integrales, y han sido procesados industrialmente mediante un sistema  denominado refinamiento.

Este refinamiento de los granos comenzó a generarse junto al desarrollo de la industrialización, a la vez que se masificaba el distribuir los alimentos en grandes urbes. 

Al retirar mecánica o químicamente el salvado y el germen de los cereales, con lo cual se deja la porción más blanca del grano, constituida básicamente por almidón, se logra una textura más suave y mayor duración de almacenamiento, dado que las plagas que normalmente atacan a este tipo de productos, como las aves, roedores, insectos, hongos, levaduras  y otros microorganismos, simplemente se desinteresan frente a un producto que ha perdido sus principales nutrientes. Esos seres, poseen un instinto o sentido que les indica que ahí ya no está el valor original que debiera tener ese alimento. Lamentablemente, solo el hombre sigue consumiéndolos de esa forma.

Cuando se refina un grano integral, se pierde gran parte de su contenido proteico y un sinnúmero de nutrientes esenciales. Así, básicamente queda el almidón y los carbohidratos, los cuales, al ingerirse, se convierten en energía instantánea o grasa.

Tristemente, con estas prácticas de conveniencia industrial, se dejan de lado las verdaderas necesidades del ser humano, su larga historia genética y su adaptación al ambiente, a través de alimentos básicos que lo han acompañado por milenios.

Se están desperdiciando las principales cualidades nutritivas que nos ofrecen estos alimentos, por consiguiente, también se desaprovechan las grandes extensiones de sus cultivos.

Si bien es cierto que los granos integrales no son tan fáciles de almacenar en gran escala, existen numerosos métodos que se aplican sin más inconveniente que un pequeño costo adicional, ampliamente justificado.

Para la población humana, estos cereales integrales deben conformar parte esencial de nuestra dieta. Al consumirse es factible reducir el riesgo de enfermedades cardíacas, infartos, cáncer, diabetes y obesidad.

 

Cereales modernos vs. cereales genuinos

En la modernidad, se ha popularizado en el mercado, una desviación de la palabra cereal. Se ha denominado con este nombre, a los preparados artificiales e industriales, que se presentan en coloridas cajas, los cuales, no guardan similitud con lo que es realmente nuestro alimento ancestral.

La mayoría de los cereales comerciales modernos, consiste en una construcción industrial a base de almidones, químicamente transformados, derivados de granos de cultivos masivos, en su mayoría, con modificación genética. Estos productos son previamente descascarillados, desgerminados (exentos de su parte más vital), luego, reciben el añadido de endulzantes refinados o sintéticos, sal, colorantes y saborizantes artificiales.

Por dicha razón, si bien son promovidos por sus ventajas alimenticias, resultan paradójicamente muy pobres en nutrientes y fibra. Esto se comprueba, ante el volumen de vitaminas y minerales sintéticos que en forma artificial, deben adicionárseles para hacerlos nutricionalmente aceptables.  Esto es materia de preocupación en gremios especializados, ya que en los últimos tiempos, las poblaciones modernas han venido sustituyendo sus tradicionales y nutritivos desayunos de avena, arroz, cebada, entre otros, por esta variada gama de golosinas harinosas.

Cereales auténticos y nutrición

Los auténticos cereales integrales, son, especialmente ricos en carbohidratos complejos, fibra y vitaminas. Asimismo, poseen un alto contenido de proteínas, compuestas por todos los aminoácidos necesarios para la nutrición humana.

Los distintos granos de cereal poseen características específicas que los destacan en lo concerniente a su riqueza en ciertos nutrientes, por lo que su combinación aumenta los valores nutricionales generales de la dieta humana.

Todo pareciera indicar que el desarrollo del cerebro humano y del conocimiento, han estado permanentemente vinculados al empleo de granos integrales, como base de la dieta de nuestra especie. Quizá por tantos miles de años de adaptación a ellos, es que nuestro organismo responde de manera eficiente, cuando le suministramos granos íntegros de cereal cocidos.

Por su parte, resulta llamativo que todos los grandes líderes, guías y maestros del pasado, de algún modo, han advertido y enseñado esta realidad.  Se han referido a estos granos como los legítimos representantes del propio cuerpo humano, al ser los responsables de su construcción. Tal es el caso del Popol Vuh, libro sagrado de la América antigua, que decía: “el hombre está hecho de maíz”; de las milenarias tradiciones orientales que representan al arroz como el material de construcción del hombre; del cristianismo, representando el cuerpo del hombre con pan (trigo), entre otros. Lamentablemente, por razones industriales y comerciales, este concepto se ha perdido.

 

 

AZÚCAR BLANCO

 

Si hablamos de una alimentación apropiada y saludable, se ha de situar al azúcar refinada, como una de los primeros ingredientes por evitar.

Este es un producto que, pese a ser tan cotidiano y familiar, en realidad es ajeno a la historia alimentaria de la humanidad.  Es pobre en nutrientes y altamente artificial; por eso no ofrece ningún beneficio; en cambio, sí se le relaciona con un sinnúmero de enfermedades crónicas modernas.

De hecho, el organismo humano no necesitó de azúcares refinados por miles de años. Este es un elemento moderno que nació gracias a los avances de la industria, y fue posicionándose paulatinamente, hasta generar un efecto adictivo en nuestro metabolismo.

El azúcar refinado es algo extraño a la estructura y funciones biológicas de la especie humana; no obstante, cabe anotar que en tan solo cerca de cuatro generaciones, su consumo per cápita ha experimentado un alarmante crecimiento, debido a su fácil acceso y a su inclusión en productos industrializados, pues por su bajo costo, es una materia prima conveniente para la industria.

En otras palabras, no estamos preparados, desde un punto de vista evolutivo, para lidiar metabólicamente con este producto de forma eficiente, lo que conlleva a distorsiones funcionales y acumulaciones indeseadas. No ocurre lo mismo con endulzantes naturales que nos han acompañado desde siempre.     

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